Inversión extranjera en Cuba: querer no es poder

En la actualidad nadie apuesta por una economía cubana que sustenta sus políticas en un modelo que las propias autoridades consideran agotado y que se muestra contradictorio, ineficaz y desesperanzador para el ciudadano común.

Me gusta precisar que la economía es un instrumento, un medio para alcanzar el desarrollo, y no un fin en sí misma. Esa  es la dimensión política de la economía. O sea, si la economía tiene que ver con todo, entonces afecta e incumbe a todos, no solo a los políticos y a la sociedad civil.  Cuando se habla de economía hay que tener presente que las políticas económicas, es decir, lo que el gobierno cubano decide e implementa en materia de precios, impuestos, industria, transportes, políticas laborales o de inversiones, en educación, salud pública, vivienda, agricultura, gasto militar y un larguísimo etcétera deben tener como objetivo el desarrollo económico del país. Dicho llanamente: la prosperidad de las cubanas y cubanos.

Igualmente se debe tener claridad en que el crecimiento económico no siempre es igual a desarrollo económico. ¿Para qué nos sirve conocer eso? Pues, para evaluar la gestión económica del gobierno cubano, cuan válida y coherente son sus políticas económicas, en qué medida favorecen o frenan el desarrollo de la economía y del país, más allá del discurso político y la propaganda.

Las medidas para sortear la actual crisis económica son complejas y dependen de la visión del problema que se tenga y de la voluntad política de asumirlas en un contexto de cambios en el que inciden variables tan disimiles como la responsabilidad política, relaciones económicas y políticas internacionales, viabilidad del proyecto de País y hasta el papel de la sociedad civil opositora en la eficacia de las políticas públicas.

Es sabido que la economía cubana no genera recursos para su desarrollo, o dicho de manera más simple, el modelo económico frena el desarrollo de las fuerzas productivas. Sin embargo, existen potencialidades para cambiar el estado de cosas existente, lo que falla son las estrategias y políticas económicas. Insisto, es responsabilidad de los políticos cubanos en el gobierno.

Si no hay recursos, se compra afuera y eso implica endeudamiento externo. Pero ¿cómo pagar lo adeudado y seguir en busca del desarrollo? Una forma puede ser atrayendo recursos y capitales externos hacia la economía cubana donde se produce la riqueza: alimentos, ropas, transportes, electricidad, mejor sanidad, educación y cultura. Esa es la inversión extranjera directa, IED.

Pero hay que tener en cuenta que esos capitales no abundan por lo que para atraerlos existe una gran competencia, hay que ofrecerle seguridad al capital de que no les pasará nada, que tendrá utilidades y que luego podrán seguir su curso a otros lugares. La paradoja aquí es que algunos pocos sectores de la economía cubana pudieran ser atractivos para el capital, pero los instrumentos jurídicos que regulan la actividad y las políticas económicas del Gobierno, contrariamente, los ahuyentan.

Veamos un ejemplo: el sector del turismo, pionero en recibir inversión extranjera que favoreció el  desarrollo de una significativa infraestructura turística. Pero las políticas económicas del gobierno cubano no han logrado que ese sector sea capaz de estimular al mismo tiempo y de manera sostenible las producciones nacionales. El turismo necesita de sábanas, materiales de construcción, agua, electricidad, telefonía, flores, transportes… tomates y mangos, todo con altos niveles de calidad.

Pero, si la agricultura cubana, y ya sabemos los problemas que la afectan, no es capaz de satisfacer los requerimientos de tomates y mangos, por solo citar dos productos agrícolas, con la calidad que se requiere. ¿Qué ocurre? Pues se traen de México o de la República Dominicana. Esos recursos se escapan al exterior. Son políticas fallidas.

En la actualidad nadie apuesta por una economía cubana que sustenta sus políticas en un modelo que las propias autoridades consideran agotado y que se muestra contradictorio, ineficaz y desesperanzador para el ciudadano común.

Cuba plantea que requiere anualmente de 8 mil millones de dólares estadounidenses por inversión extranjera directa. Esa cifra pudiera estar muy por debajo de las necesidades de financiamiento externo requerido por la maltrecha economía. Pero obtenerlo es irreal si se conoce que esa misma cifra fue el monto total recibido por el conjunto de todas las economías del Caribe insular en 2015 por concepto de IED.

Hay que ser realista, no hay muchos capitales dispuestos a invertir en la Cuba actual.  No basta el discurso y la retórica oficiales. Los capitales no entienden de eso y ponen sus reglas del juego y sin recursos externos no podemos salir adelante. Y la economía cubana no los genera. Ese dilema tienen que resolverlo todos los gobiernos del mundo. El de Cuba no lo quiere entender así. La realidad económica de la Isla, como mal vivimos los cubanos y cubanas de a pie, lo demuestra con creces. Es cierto que el embargo de los EEUU ha tenido sus efectos negativos en la realidad económica cubana. Pero, a mi juicio, lo más dañino han sido las políticas económicas y las maneras de hacer e interpretar la política por las elites del Partido Comunista de Cuba, PCC.

Solo debo añadir que, por otra parte, existe un extraordinario potencial de inversión de capitales especialmente interesados en desarrollar la economía cubana. Me refiero a los recursos de la emigración cubana, los cuales superan los actuales requerimientos de capitales de la economía para su crecimiento sostenible y solo esperan cambios en Cuba que favorezcan su inversión. Esa realidad podrá ser superada con una transición democrática y un nuevo proyecto de País que beneficie a los cubanos y cubanas de todas partes. La sociedad civil opositora tiene mucho que decir aquí.

Los desequilibrios y contradicciones del modelo económico socialista cubano obligan, se quiera o no, a hacer cambios profundos que se reclaman en todos los órdenes de la realidad social. Nadie en Cuba pone en duda la necesidad de los cambios.

Para ello se debe superar el fraccionamiento polarizado de la sociedad cubana, hay que construir un pueblo políticamente operativo para la construcción de la democracia cubana y un proyecto de País que incluya a los cubanos y cubanas que viven en el exterior. Si nos planteamos el cambio así, pudiera ser esperanzador y movilizador de las energías y recursos de este pueblo. En cambio, si lo consideramos como un mero relevo de un grupo o de una elite en las que esté, por razones obvias, la dirigencia histórica, pero que vean la economía como una parcela propia y la manejen a su antojo, el panorama es desalentador.

Aquí lo que se decide es qué tipo de cambio se debe implementar y eso supone, al menos así lo aprecio yo, darle a la ciudadanía cubana la posibilidad de decidir sobre su futuro, de poder optar por el proyecto de desarrollo social más conveniente. Eso es lo trascendental y el liderazgo del PCC tiene que asumir esa realidad con responsabilidad, aunque eso no es algo que le caracteriza.

El tiempo político en Cuba favorece una transición democrática la que, a su vez, debe potenciar un proyecto de País diferente al que sostienen de manera anti democrática las élites del PCC. La economía requiere de un modelo diferente en donde el sector privado se convierta en el eje dinamizador de la sociedad. Todos los cubanos, independientemente donde estén, merecemos una Cuba próspera.

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