Vendedora de alimentos que desespera ante las “reglas del juego” impuesta al negocio

Mirian Almeida Luis es una cubana de 41 años que decidió ganarse el pan de cada día como trabajadora por cuenta propia. Entre las actividades autorizadas escogió la de vender alimentos. Su especialidad es hacer fritas, las cuales elabora a la orden de los clientes que encuentra en su recorrido. Ella vende fundamentalmente en áreas aledañas a la Prisión provisional conocida por Cerámica, el cual pudiera ser un lugar privilegiado para un negocio de este tipo porque siempre hay aglomeración de familiares de los reclusos que asisten a la visita.

Pero, en varias ocasiones los inspectores del Dirección de Inspección y Supervisión, DIS, han impuesto a Mirian multas de hasta 700 pesos,(casi el 100% del salario promedio mensual de Cuba en 2016) por estar haciendo su labor de manera estacionada, entiéndase, para los funcionarios de la DIS ella debe ser capaz de preparar la masa de sus producto, elaborarla y atender  a la clientela sin detener el carrito en la que realiza su faena.

Es por ello que Mirian Almeida Luis se pregunta cómo es posible que no entiendan que el carro de elaboración y venta tiene ruedas solo para desplazarse de su casa al punto de venta, ya que es imposible elaborar y vender en movimiento, máxime cuando este tiene en su interior una cocina de keroseno. Ella lleva días sin salir a vender pues su economía no resiste otra multa.

En este caso, ella medita y no encuentra solución a su caso. Es difícil porque el sector estatal cubano es ineficiente y el salario promedio que se devenga representa el 25% del ingreso requerido para satisfacer las necesidades básicas (materiales y espirituales) en los actuales niveles de inflación que sufre la economía cubana. Es difícil porque en cualquier otra actividad del trabajo por cuenta propia se repetiría la misma situación que sufre en la actualidad. Es difícil porque para jubilarse todavía le resta casi 20 años y, en este caso, ese tiempo es una eternidad.

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